sábado, 3 de septiembre de 2011
1ra. ANTOLOGÍA de CIENCIA FICCIÓN en BOLIVIA
PROYECTO DE PRIMERA ANTOLOGÍA DE CIENCIA FICCIÓN EN BOLIVIA
martes, 14 de junio de 2011
UN CUENTO SIN SUTURAS... hasta el final
EL RETROCESO
La
mujer baja al sótano, se inclina y da un respingo de asco. Extiende una taza y
él sorbe el café distraídamente. Está harta de ser esposa de un verdugo rancio
y al filo de la bancarrota. Lleva años censurando cuanto sucede allí dentro:
hematomas, purulencias, dientes desportillados.
Menos
mal que la muchacha acusa signos de vida.
–Si
le cortaras un dedo del pie caminaría aún por su cuenta; podrías soltarla en un
descampado. Nadie te pondrá en entredicho. Aunque, siéndote franca, no nos
vendría nada mal la Policía –.
Guarda silencio tras la osada sentencia, por la cual ya no espera como
respuesta un ‘de acuerdo’, sino la consabida discusión.
Él
se enjuga el sudor de las sienes. “Otra vez entrometiéndose.” Recuerda que
antes de la mala racha, cuando había chicas a diario y su oficio rentaba, ella
lo asistía, incluso participaba de buen gusto. Ahora resulta que se aburrió,
que la diversión terminó, que su trabajo apesta. Tanta reprobación se ha vuelto
un fastidio, al grado de no soportarla cerca.
Como
una amenaza puntual, un coche patrulla revuelve la paz callejera con su sirena.
Ambos atienden sin pestañear. El ulular se pierde a lo lejos.
–Pactemos.
Córtale un dedo y llévala donde quieras.
Sospechosamente,
sin objetar él accede. Elige el gordo, aduciendo que sangrará más. Echa a andar
sus refinadas manos y cercena minuciosamente, serruchando de ida y vuelta el
robusto dedo de hueso astillado. El miembro cae, rebota, ella toma la mano del
hombre y éste la aparta...
Sin
pausar, se vale del bisturí y fríamente desmenuza el meñique del pie. ¡Basta!,
chilla la mujer, que parece sobre ella ejecutarse la barbarie. Prosigue hasta
oír el impetuoso portazo a su salida. Desinfecta los tajos y da por finalizada
la faena de media jornada.
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–¿La
matarás hoy? –interroga mientras dispone el almuerzo reprimiendo su ira.
Tiene
previsto hacerlo. En realidad, quien lo amarga es ella, esa peligrosa
complicidad con la chica.
–¿Por
qué no abandonar todo esto y...
La
cantinela genera repentina bilis roja, impulsos de romper a su mujer por igual.
–¿Qué
pretendes? ¿Olvidas que nuestro techo se sostiene gracias a lo que te empecinas
en arruinar? Me pagan por matar a esas perras.
–Miserias
te pagan. Tuviste tu momento; ahora ellos prefieren a otros. Danos una segunda
oportunidad liberándola.
–¡Segunda
oportunidad al carajo!
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El
resto del día se mezquinan palabras. Sobre las diez de la noche, ella va camino
del cine. Frente a la taquilla realiza una anónima llamada telefónica. Joderá
al marido bajo la firme convicción de reencauzar el porvenir de los dos, puesto
que sus asuntos son suyos también.
Hundido
en el sótano, él se reorganiza deprisa. Para medianoche tendrá descuartizada a
su presa como urgente medida preventiva. Si postergara su crimen siquiera unas
horas, ella atacaría con renovada artimaña, y sabe temer de la creatividad de
su mujer.
Arrimado
a la mesa de suplicios retoma labores. Ignora que dos coches patrulleros
subrepticiamente aparcan arriba. Hombres armados se internan al recinto a
oscuras. El frenético tac tac tac proveniente del sótano se presta de guía.
Cautelosos se desplazan en pos del monstruo que una vocecilla de mujer
despechada delatara minutos antes. Giran la manija y penetran. Negrura por
doquier, salvo en el fondo, cuyo ocupante se muestra bastante activo de
espaldas, hasta que advierte sombras y crujir múltiple de escalones.
–¡Quieto!
¡Policía!
Cuatro
pistolas antojando su pecho. Siente la natural reacción uretral, encogimiento
bajo los pantalones.
–¿¡Dónde
está!? ¡La mujer, pendejo, ¿dónde la tienes?!
–¿Cuál
mujer? –de hecho, sabe a quién se refieren. La trama es inequívoca. Su esposa,
la única pendeja, lo ha traicionado. Lo tumban boca a tierra; emite un bufido
de bronca y espanto a la vez que amarran sus muñecas. Un cañón se aprieta
contra su nuca. Derrama gotitas de orina.
Desmantelan
el lugar; registran toda oquedad por donde cupiera un muerto. A poco, se
constituyen perplejos en torno suyo. Dudan haber inspeccionado el domicilio
indicado. Al cabo, reordenan con disimulo el estropicio reinante; comentan algo
sobre las malditas denuncias anónimas y se van.
Devuelto
el silencio, atónito y meado, echa llave a la entrada y se encapsula en el
sótano tímidamente. La caja que guarda el cuerpo desnudo pasó inadvertida,
sabrá el destino por qué. Cumplió la premisa de jamás revelar un homicidio en
proceso. En cambio, su mujer ha de estar frita del seso, chalada. ¿De qué
gracia goza la chica para llegar a tales extremos? El corazón aún lo asfixia,
atragantado. Por un momento creyó que lo torturarían, o matarían. Pero está
vivo. Tan vivo que, como un baldazo de agua juiciosa, lo fulmina la certeza de
experimentar la susodicha segunda oportunidad.
–¡Puta!
Tenía razón –y remata alzando la voz–: “No nos vendría nada mal la Policía.”
La
chica explota en su mente. A tropezones acude a su ubicación encontrándose con
el vientre que transitaron voraces cuchillos, viscosidad de tripas que brotaron
en flor y el sangriento engrudo derramándose por doquier. No recordaba: la
había asesinado.
Su
futuro dependía de ella. Se lo debe a su mujer. Dispone los temblorosos dedos
sobre las teclas. El cursor parpadea expectante sobre el párrafo en que
ocurriera el deceso. Borra letra por letra el último aliento, el vientre
rasgado, la cuchillada perversa… y reescribe el desenlace con voces de
redención: –¡Quieto! ¡Policía!
Presiente
que nace un best-seller.
viernes, 27 de mayo de 2011
INSENSATÁNEAS (o frases a las que les falta... todo)
- ¿Felicidad? Se escribe con
efe. Aunque no sabría darte un ejemplo.
- Algunos esclavos dibujan
celdas de pan, hambrientos de libertad.
- Cachonda mirada bajo la
mesa. Voyerista abejorro espía cómo azucaras el té.
- Soy campo, suspiró la muchacha.
Una bandada de dedos lamió su hierba mojada.
- Tal vez reencontremos el amor mirándonos fijamente... de espaldas.
- Fogoso perforó el
espermatozoide del Verbo un planeta jamás conjugado.
- Apresúrate a quedar medio
sorda, que anhelo gritar que te adoro.
- Por tal motivo el asteroide
impactó contra el mundo: para que llegues a mí.
- Entonces recibió una carta
sin nombre. Supo que era de ella, quienquiera que fuera.
- Y un punto g fue releído cien veces la
madrugada en que sobó sus carnes en braille.
- Aquello que digas será usado
en tu contra. Anda, ¡di que me quieres!
- Se drogaba la noche sobre tu
pecho y un policía estelar percutió el gatillo del sol.
BANESA MORALES
Del libro MEMORIAS DE UNA SAMARITANA
(Primer orgasmo).
Héroes que clamo sin sentido
ficción
alucinación
derrota.
Belleza frustrada
abandonada
perenne deseo de más
eternidad y aun pedir un poco más
eternidad de tu saliva
eternidad de tu líquido vital
entremezclando
con mi sexo y el tuyo
sin fantasmas
ni relojes
Morir en la cama
mojada
acomodada
quitar el dedo
y descubrirme desolada
mirar al costado
y no descubrir nada
frustrada
desnuda
y sonrojada
ebria de estupor
y no poder hacer nada.
FRÍO
Frío
Mi frío
un cuerpo en expansión
un cuerpo en convulsión
me tienta
te tienta
ya es tibio
el punto
tu dedo en el punto
yo desaguo
me abro como la boca del cielo
esparciendo deseo
deseo de ti
ansiedad de mí
ahora caliente
placentero
codicia y ambición
de tenerte entero
que penetres
entres y te quedes
orgasmo completo
esencias con olor a sexo
y lluvia que moja mis pechos
para apagar el fuego
que carboniza mi cuerpo.
MIRO AL ESPEJO
Miro al espejo
parece vacío
miro mis brazos
están quietos
miro a los lados
abajo
arriba
no estás ni por debajo
busco tus manos
tu boca
tu jugosa boca
tu imponente abrazo
una lágrima inocua baja por mis
labios
pensó en las viejas beatas
en los mitos
sus mentiras
salgo corriendo
y tu nombre me detiene
entonces desnuda
mi mente te fabrica
incólume
como un ángel
mi etéreo pensamiento flota
buscando tus alas
como bruja despavorida
busco en mi cajita blanca tu
corazón
escéptica me despierto
cabizbaja me miro de nuevo al
espejo
las gotas caen una a una
busco razones
las odio
te busco hombrecito
busco tus palabras
busco un sonido que rompa mis
ansias
nada
busco unos senos
un pecho que me lleve al cielo
me toco en mi imagen
lloro al hacerlo
me toco en silencio
mis ojos rojos tienen un eco
me tomo la temperatura con un
dedo
adentro en caliente
afuera una tormenta convierte en
océano mi cuerpo
gota
razón
mis ganas cruzan las razones
sobre mi cuerpo
mi alma me acaricia
de repente soy elemento
me vuelvo agua
me dejo llevar
ahora soy reflejo de vida
ahora narciso está escondido.
Banesa Morales
viernes, 20 de mayo de 2011
SE PEGA
De haber entendido la putada del "fin del mundo" como nueva barrabasada del dizque mejor apto ser viviente planetario, no hubiéramos perdido compostura emergiendo como locas desde cloacas, abdómenes de muertos, mercados y techos totales, cayendo en ridículo tal que el título de histéricas inmundas nos calza justo y bien. Ahí está lo que acarrea la cercana convivencia con el Hombre. Ingenua Ratanidad.
lunes, 16 de mayo de 2011
No es cuento, artículo ni ensayo. Es un INSIGNIFIGRAMA
EL INFLUJO
Filiberto Cullarencio, prosista que redescubrió y encumbró los finales anunciados; el literato más inmediato del pueblo. No se guardaba nada, y partía el melón narrativo de un revelador tajo en el párrafo uno (adicto sabatoniano, o eltunelónico declarado, en aras de la precisión). Esa sincerísima costumbre en papel, leitmotiv a rajatabla, se extendió al ámbito real. Lo empujó sin contemplaciones a pasarse los cuatro mil trescientos ochenta y pico días que comprendieron los 12 últimos años de su vida, a declarar a los cuatro vientos que ya se moría, que de no ser hoy sería al ratito, y que amparado en esa contundente estrategia nadie podría cincelar su epitafio con la humillante sentencia de que se murió de repente (criticón acérrimo de cualquier desenlace sorpresa, o lo que es lo mismo, la repugnancia de leer 400 páginas y toparse con que el autor improvisa tremendo bucle in extremis para extraer un remate inesperado, haciendo parecer los prodigios mesiánicos menores a los de un mago de pacotilla, frente al portento que luce para cagar un final). "La lindeza del género despunta con el desembrollo de inicio, siempre, justificado en un desenlace consecuente por ley", repetía a menudo. Como póstumo colofón, anotar que recientemente se barajó la hipótesis de que Filiberto sucumbiera a manos de su hijastro Cástulo, discípulo que detestaba al maestro, aquél que ahíto de tanto estrujamiento anunciando muerte de aquí para allá, hiciera un sacrificio feliz poniéndole coto mortal al padrastro, por lo que a día de hoy se desconozca paradero u ocupación del esfumado entenado. Hay quienes proponen que con el tiempo abordó la escritura disfrazándose con pseudónimos. Además de que no le iría a la zaga, que ostentarían sus obras un diáfano parentesco con las del mentor degollado, una mezcla entre lo odiado aprendido y lo resignado influido: apertura y clausura gemelas en cada relato. Es posible, considerando que se crió con Filiberto Cullarencio, prosista que redescubrió y encumbró los finales anunciados; el literato más inmediato del pueblo.
Roberto Cuéllar Higa
viernes, 13 de mayo de 2011
Cuentito de madrugada siniestra
ÍNTIMA INSIDIA
Consideraba que no existía mejor escondrijo. Desde que se apropiaron de aquellas paredes, nada había importunado su paz, salvo algún intrusillo de poca monta, o secundarias discordias que mantenía con la presencia de al lado, compañía que agradecía, pasando por alto su enigmático desenvolverse.
La parsimonia era tal, que tanta quietud dio paso al azote. Un repelús del carajo le encorvó el espinazo. Su camarada le transmitió en detalle una alarmante premonición: que desalmadas criaturas llegarían por ellos, arrastrándoles fuera, manoseando, cortando, palmoteándoles para multiplicar sus lamentos a fin de exhibirlos como presas de caza, eso antes del cierre… soltarlos inermes ante una bestia insaciable.
En mala hora, el presagio dio positivo. Y peor aún, lo apresaron primero, ¿o fue empujado desde atrás? Bajo nueva y desconocida intemperie se desarrolló el trajín del suplicio. Ya solo restaba el batacazo final, momentáneamente en paréntesis. El torturador alojó al capturado en la estrechez de una carceleta irrompible, y bostezando se internó a sabiendas de que había alguien más.
Entendió que le practicarían idénticas crueldades. Lo hicieron. Hasta que el bullicio cesó.
Las “atenciones” retornaron a él, y rompió en llanto al saber a qué sino lo remolcaban con mentirosa delicadeza… a las mandíbulas trituradoras de huesos, de acuerdo al augurio fatal de la otra víctima hermana.
Apenas suelto, algo resolló a milimétrica distancia. No sabiendo escapar, y sin nada ya que perder, encaró a lo que hubiera resoplando contra su sien. Volteó, y fue comido en redondo por unos ojos de magnetismo indecible, mitigando prodigiosamente toda zozobra.
Pese al efímero encuentro visual, se encandiló para siempre de ella, abrigado en su tibia epidermis. Así que ofrecida la mansa fuente de amor, bebió del pecho materno a placer. El recuerdo del “torturador”, o el insomne y desvelado médico partero, languidecía entre pimpollos de olvido.
Entretanto, la melliza menor (hembrita de pesadilla) tomaba posesión del flanco siniestro, ávida por ingerir su ración láctea de estreno. Fuertemente pegada al pezón, obsequió al cándido hermano una grotesca sonrisa por la exitosa broma neonatal.
Éste tragó amarga su leche.
Roberto Cuéllar Higa
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